Historias y Leyendas
Historias y Leyendas
Baños de la Encina...Rincon de Ensueño
Mis paisan@s
Album de fotos
Historias y Leyendas
Rincones y...Alojamientos
Mis Recuerdos...Mis raices
El Regalo
solté el maldito libro (esta vez no me preocupé de estropearlo) volví al comedor, Jordi liaba sus cigarrillos, no articulé palabra, pero él sabía que estaba furiosa, ¿que te pasa ahora? me preguntó, sin levantar las manos de la maquinita, me va a estallar la cabeza, respondí, ¡no puedo más¡ como pudo ser tan malo¡
Como si no lo hubieras conocido , siempre te lo he dicho,, el pasado enterrado y bien tapado., Jordi, no tenía derecho a hacernos lo que nos hizo, y lo peor...que nos amargó la vida y nunca fue capaz de ser feliz, hay cosas que nunca se las podré perdonar.
Jordi;__ si yo aquellas Navidades hubiese estado aquí... qué, le contesté, que las cosas serían de otra forma Nuri, ¿no me habrías dejado ir? le pregunté, sí, claro que habrías ido, pero solo eso, era mi deber y además sabes que...no lo hice por obligación, no sabes lo mal que lo pasé, no se lo que contaría cuándo nos vinimos, pero...todo el cariño que había tenido en otro tiempo, parecía que se había esfumado, solo la "nina" me dio cariño, como siempre, ¡siempre fui su "petitona"¡
Y el viaje...¡Dios¡ no te imaginas, en dos ocasiones estuve a punto de bajarme del tren y pedir una ambulancia, cuándo llegamos aquí, el médico lo reconoció, no se podía creer lo que le contaba, Nuria, no está bien me dijo, pero no puedo creer, que te haya hecho pasar esa amargura que me cuentas, claro que...me lo creo, solo hay que verlo y oírlo, ¡paciencia¡ ya es lo que te queda.
Nunca pensé en volver a mis raíces, creía que ya no me quedaba más que el recuerdo, el ropón de mi abuelo, aquel tren de madera y el papelón de caramelos del bodegón, que me compró mi prima, para el viaje, pero...la vida, es caprichosa y cuándo más seguro estás de algo, te gira la cara y a empezar de nuevo.
Ésta vez si lo tenía planeado, pero algo me hizo retroceder, sabía que tenía que cambiar y podía haber elegido cualquier lugar o mejor cualquier provincia, porque sí fue un lugar cualquiera, pero no podía ser cualquier provincia, tenía que ser ésta.
El dichoso papeleo, tuvo la culpa, llevábamos un tiempo en la sierra del pozo, el lugar era precioso, el ambiente del pueblo acogedor, aunque muy frío, debido a sus acuíferos.
Me integré, ¡mi primera Semana Santa en mi tierra ¡aunque...mi tierra no era, elegí un lugar, pensando que seria lo mismo, no, no era lo mismo.
El autobús salía a las seis de la mañana, tenía un largo tramo hasta llegar a la Hera baja, donde paraba, aquella noche no dormí, a las cinco ya estaba vestida y con el bolso preparado.
Tuve que coger dos autobuses para llegar al enlace con mi destino, eran casi las diez de la mañana, no había enlace hasta las doce, estaba nerviosa, parecía que todo el mundo me miraba, no sabía donde fijar la vista.
Las doce, ¡por fin¡, ese es el autobús, me indicó el señor de la taquilla, muy amable gracias, llevaba el billete en la mano, no sabía si tenía que dárselo al chofer, la agente, me miraba, nadie me dijo nada, pero no dejaban de "hacerme la foto" una vez sentada... el cuchicheo, esta no es del pueblo, yo no la conozco, creo que no pararon hasta llegar a destino, yo me ensimismé, mirando a través de la ventanilla, ¡que cambio¡, el color del cielo, los campos de olivos, que aquí ,sí parecía un mar verde y plateado, como yo los recordaba.
Mis ojos se bañaron de aquel paisaje, mi pecho, respiraba aquel aire, a pesar de estar dentro del coche, estaba segura que lo respiraba.
Llegamos al cruce, en un otero, majestuoso, ahora más que nunca, sentía mi pueblo, a mi izquierda el Castillo, solemne ondeando sus banderas, me saludaba, giraba la cabeza para empaparme de aquella vista, para mí en aquel momento, ¡Celestial¡
No sabia que tenía dos paradas, y me bajé en la primera que paró, ante mí, aquellas majestuosas sierras, el mercado, ¡cuantos recuerdos¡ el Hotel, la cuesta que llevaba hasta correos, el espejo, aquel que tantas veces, nos sirvió a Jordi y a mí, para discutir, ¡que pites¡ que no Nuri,¿no ves el espejo?, ay que cateta, y tú…de capital pero también cateto, eran peleas, sin importancia, tonterías, ante mí, la plaza, con la Iglesia y a un lado el Ayuntamiento, ahora sí, ahora el aire de mi tierra, entraba en mis pulmones, como queriendo acapararlo, para llevármelo conmigo.
Aquel día sería el primero, de mi andadura, por una tierra que me vio nacer, en la que sufrí el dolor y el desagravio y en la que también encontré el calor de los míos, lo habían guardado tantos años, que ahora me lo daban sin merecérmelo, a manos llenas
Los primos van de Santos(cuento)
Era la primera vez, que los cuatro primos, pasaban unas vacaciones, en casa de los abuelos.
Jorge y Elena, acostumbraban a pasar, algunos fines de semana, pero para Daniel y Berta, esta era su primera vez.
El otoño empezaba a dar sus primeras luces y sombras, era primero de Noviembre, por lo que le faltaban escasamente veinte días.
Habían planeado los padres una acampada, algo muy normal en aquellas tierras en las fechas de todos los Santos.
Berta, estaba emocionada, quizá más, por el hecho de compartir aquella experiencia con Elena, y aunque le doblaba la edad, se compenetraban de maravilla.
Todo estaba preparado, la comida, ropa de abrigo, y para la lluvia.
Cada niño, había preparado su mochila, donde guardaban sus pequeños tesoros.
Elena, era la más pequeña, así que, no tenía grandes cosas, pero sí, su bruja chillona, que siempre iba con ella, menos cuando iba al pueblo, pues allí tenía otra, y si salía por unos días la lleva siempre con ella.
Cargadas los coches, ¡todo a punto!
Los abuelos cerraron la puerta de la casa y cada uno en un coche emprendieron la marcha hacia la aventura, entonces no sabían lo ¡fantástica¡ que iba a ser.Berta Elena y los padres de esta, salieron los primeros, pues Javier, el padre de Elena, conocía muy bien el camino.
Los demás, les seguían.
Después de casi una hora, de mala carretera y peores caminos, llegaron a una gran explanada, rodeada de montes y grandes riscos, eran las siete de la tarde, pero casi noche cerrada, a lo lejos las sombras de las encinas, dispersas por los montículos, se veían como un ejercito de soldados dispersos, causando una sensación de miedo a los más pequeños.
Un viejo y destartalado cortijo, les esperaba, a pesar de su dejadez, parecía tener vida propia.
Al abrir las grandes hojas de madera de la puerta, vieron la enorme chimenea al fondo de la estancia, resaltaba el blancor del repecho que tapaba la salida del humo, con su franja marrón de la repisa, en ella, un viejo quinqué se apoyaba con parsimonia, mientras que de su pared colgaba un viejo candil, antaño usado con aceite y una mecha de hilos, para dar luz,
Entraron todos a la inmensa sala, Javier y su hermano se ocuparon de colocar, las frutas y verduras, en la fresquera de la puerta, para dejar más espacio para las carnes, en las dos neveras, que aunque tenían autonomía de unas horas y la opción de recargarlas con la batería del coche, preferían dejar espacio para las bebidas y la carne.
Jorge, el padre de Daniel encendió el fuego, con la leña, que días antes, su hermano Javier y unos amigos, depositaron detrás de la casa, en un viejo cobertizo, que en los años de esplendor del cortijo, había servido para dar cobijo, a las bestias, que llegaban con sus amos, unas con el ganado y otros, con mercancías para su venta.
Todo estaba listo, solo quedaba preparar la cena.
Mientras los padres se ocupaban de ello, los cuatro niños, con los abuelos, preparaban los sacos de dormir, en la habitación contigua.
Elena, escondió su bruja, bajo la pequeña almohada, que la abuela, les había hecho para que descansaran mejor...
Después de cenar y pasar una agradable velada, alrededor de la lumbre, Javier propuso a los mayores, ir muy cerca de allí, a visitar a unos amigos, que estaban acampados por aquellos lugares, era la costumbre, visitarse unos a otros y pasar casi toda la noche de fiesta.
Los cuatro se quedaron con la abuela, que les aseguro a los padres, que enseguida se acostarían.
Lo que ellos no sabían, era la gran aventura que les esperaba.
Había pasado un buen rato, todos en silencio, parecían dormidos, de pronto…una estruendosa carcajada, los puso en pie.
Se calzaron las botas, que habían dejado en la puerta y esperaron a Elena, pues ella, había dejado las suyas junto a su cabecera, al llegar esta a la almohada, de nuevo la estruendosa risa, cogió asustada el calzado y su mochila donde estaba la bruja y en un salto se unió a sus primos ya en la explanada.
La abuela, los tranquilizó, diciéndoles, que seguro sería un animal, ya que por aquellos parajes, abundaba la caza.
Andaban en esto, cuándo vieron una luz anaranjada, que provenía de los cerros que tenían enfrente de la casa, al tiempo que a sus pies, se les abria un camino.
¿queréis que vayamos a ver que hay? Les propuso la abuela
Síiii dijeron los cuatro.
Bien, pues coger algo de fruta y las cantimploras, que vamos a explorar.
Bajaron la pequeña pendiente, que los separaba de la vaguada, que había a los pies del cortijo.
Elena, como no podía con la cantimplora y la fruta que había cogido (un melón) se cansó pronto.
Al preguntarle la abuela, como llevaba tanto peso, Elena, le mostró el melón.
Todos rieron.
Pero Elena, como se te ocurre, coger un melón.
Porque es más grande, respondió
Bueno, tienes razón, dijo la abuela, pero también es más pesado
Lo dejamos, dijo Daniel
No no, ya lo llevare yo dijo la abuela, nunca se sabe lo que nos puede hacer falta, y
Siguieron la marcha.
La luz, cada vez se acercaba más y por lo tanto, el camino se hacía más visible.
Llegaron a un pequeño riachuelo, donde las aguas, se veían de colores, Berta, introdujo su mano y sacó tres piedras, blanca azul y roja, eran las que daban color al agua, las guardó en su mochila.
Más adelante, encontraron una hermosa seta, la abuela, les dijo, que algunas leyendas, contaban, que eran las casas de los duendes del bosque, y aunque aquello eran sierras, bien podían vivir algunos geniecillos por allí.
Los niños estaban absortos, escuchando esas historias.
De pronto, tropezaron con un hermoso jardín de adelfas,
Niños, no las toquéis, que esas plantas, son toxicas.
Abuelita, dijo Daniel, ¿son venenosas?
Son malas hijo, le respondió, podríais poneros enfermos.
Habían dejado atrás, el riachuelo, el camino de matojos y el jardín de adelfas.
Ahora pisaban unas negras y planas piedras ¿Qué piedras son? Peguntó Jorge
Y Elena, que ya le había preguntado a la abuela, contestó
Pizarra jorge, que eres tonto, ella se sentía feliz, cuando sabía algo, antes que los mayores.
Empezaron a subir el pequeño montículo de pizarra.
Su sorpresa fue, al encontrarse, ante aquella inmensa fortaleza, creían que soñaban, y se preguntaban unos a otros, si también la veían.
Repuestos ya de la impresión, buscaron un lugar, donde descansar y reponer fuerzas.
Ya reconfortados con el descanso y después de comer algunas frutas, bordearon las murallas del castillo y encontraron una puertecita entreabierta.
La abuela, se asomó con cautela y sus ojos, quedaron maravillados al ver tanta belleza.
Un hermoso jardín, grandes arcos de rosas multicolores y su césped, salpicado de especies de flores, hasta ahora, desconocidas para ella.
Entraron los cinco, sigilosamente, temían encontrarse, con el dueño de aquel lugar y por lo monumental del sitio, creían que sería alguien parecido a un gigante o...un ogro tal, vez.
Nadie apareció, se sentaron en un blanco y reluciente balancín, que hacia las veces de columpio, a ambos lados, crecían olorosos jazmines.
Se preguntaban unos a otros, como era que nunca lo habían visto.
Berta preguntó,
Abuela, ¿estamos soñando?
La abuela, esbozó una sonrisa y respondió,
No ves cariño, que todo es real.
Elena iba dándose manotones por todo su cuerpo, como si algo le molestase,
Berta le preguntó; ¿Qué pasa Elena?
No se, parece una mosca pero no la veo,
¿una mosca? Dijo la abuela,
Niña, ¿estás segura de no haber tocado, la seta que encontramos?
Que ocurre abuela, preguntó Daniel, ¿es que la seta es venenosa?
No, dijo Jorge, es que en esas setas viven los geniecillos y las hadas saltarinas, ¿verdad abuela?
Sí mi niño, pero eso son cuentos y leyendas, nada que ver con la realidad, pero mientras somos niños, existen en nuestros sueños.
Entonces Elena, molestó al geniecillo y ahora le molesta a ella, dijo Berta y se echaron todos a reír.
Pues no, afirmó la abuela, es posible, que quiera ser su amigo y por eso, la ronda tanto.
De nuevo las risas, que a Elena, no le hicieron ninguna gracia.
Ya casi estaba amaneciendo, por lo que decidieron regresar, ¡sorpresa¡ ¿Cómo iban a hacerlo?, la puerta ya no estaba y en su lugar, un pozo con un alto y empedrado brocal,
Elena les dijo; poner las manos en las piedras del pozo a ver que encontramos, todos en fila, bordearon el pozo, Elena delante, de pronto se paró, Berta que iba justo detrás de ella tropezó con su espalda ya a continuación, Jorge y Daniel, la abuela los miraba sentada en una gran piedra, como si ya supiera lo que iban a encontrarse.
Elena empujó las piedras que tenía debajo de sus manitas y…una enorme escalera apareció ante ellos, descendiendo por toda la oquedad del pozo.
Elena, cariño, ¿Cómo sabías que estaban aquí las escaleras? Preguntó la abuela.
Me lo ha dicho Hadita
¿Hadita?, le preguntó
Sí, es la mosca que me molestaba.
Todos pensaron que era su imaginación, por lo que la abuela, les había contado y no le dieron importancia.
Empezaron a descender, la abuela, iba delante, por si el pozo tenía agua y para los niños era peligroso.
Llegaron al fondo, cinco pasadizos se abrían a sus ojos.
Bueno niños, y, ahora ¿por donde vamos? Preguntó la abuela
Cada uno indicó un camino, menos Elena, que señaló el mismo que la abuela,
¡Bien¡’ dijo esta, pues iremos por el que ninguno hemos señalado,
No no, gritó Elena, por ahí no, por aquí
y… ¿porqué, preguntaron todos
porque lo dice Hadita, dijo la niña
Vale, iremos por ahí, dijeron Berta y la abuela
Pero, eso de los genios y las hadas son solo leyendas Elena, no es verdad
Ya lo se abuelita, pero Hadita dice que este es el camino.
Sin darle más importancia, siguieron las indicaciones de la niña.
Llegaron a un cruce de caminos, y esta vez, no preguntaron, siguieron todos a Elena, el paso era muy estrecho y Berta, que iba detrás de su prima, tropezó, dándole en la espalda, donde llevaba la mochila, una enorme carcajada retumbó, por todo aquel laberinto, los niños, asustados, se abrazaron a la abuela, que no estaba menos asustada que ellos.
Pero, se tranquilizó, y muy calmada les dijo, no temáis, eso ha sido el eco de mi risa, ya sabéis que me río de todo, y, al ver que Berta tropezaba….
Nada más lejos de la realidad, pero tenía que evitar, que los niños se asustaran.
Elena seguía caminando ajena a todo, de pronto se giró y les dijo; venir, que aquí hay un río, no Berta, no sigas que está el río, le dijo a su prima
¿Cómo lo ves? Le preguntó
Con la luz de Hadita y le mostró su frente, donde una hermosa mariposa resplandeciente, se había posado.
Berta no osó decir nada más y, siguió a su prima sin discutir, que no era un Hada, si no, una mariposa.
Y, ¿Cómo vamos a ver nosotros?, preguntaron los chicos.
La abuela pidió a Berta, que sacara las piedras, que encontró en el riachuelo, y las dejase en el agua, al hacerlo, toda la estancia se iluminó, dejando ver a lo lejos, un camino bordeado de árboles, copados de blancas flores.
Siguieron adelante, ya era de día, el sol, empezaba a enseñar con timidez sus rayos.
De pronto, casi rozándolos, pasó una gacela, parecía que huía de algo o, de alguien, corrieron todo lo que pudieron, siguiendo al animal, pero de pronto…desapareció.
Estaban muy cansados y decidieron sentarse, ante un bello campo de girasoles.
¡Dios mío¡ la cantimplora, exclamó Daniel, yo tampoco la tengo, respondió Jorge, ni yo dijeron Berta y Elena, tranquilos, hablo la abuela, nos queda la mía y, el melón.
Que bien abuela, dijeron a coro, pero…si nos comemos el melón y nos bebemos el agua, ¿Qué beberemos el camino que nos queda?
No hay problema, dijo la abuela, aquí cerca hay un riachuelo, ¿no oís el sonido del agua?
Pero….con tu cantimplora, ¿nos llegará? Dijo Berta
Tenemos el melón, dijo su abuela
Ya abuela, pero…si nos lo comemos, ya no lo tendremos ¿no?
El melón lo tendremos, lo que nos comeremos será la pulpa, y como estará hueco…
Ahhhh, dijo jorge, claro, así tendremos otra cantimplora, y, ¿Cómo lo llevamos?
¿veis esas hierbas altas que crecen al borde del camino? Pues solo tenemos que arrancar unas cuantas, trenzarlas y así haremos como una malla, para llevarlo sin que se derrame.
Abuela, cuánto sabes, dijo Elena
Entonces…¿nos comemos el melón?
Y se sentaron los cuatro frente a la abuela, expectantes, por ver
de que forma, iba la abuela a sacar la pulpa del fruto.
Pidió a Daniel, que recogiese un girasol, de los primeros, pues eran los que ya estaban a punto, cortó la larga rama que lo había unido al suelo y, separando la flor, que la repartió entre los niños, para que sacaran las pipas, con gran habilidad, fue pelando el tronquito poco a poco, una vez limpio, cortó por encima el melón, haciendo una circunferencia, no demasiado grande, y con el palito del girasol, fue descarnando la fruta,
Una vez listo, dijo a los niños, coger algunas hojas y traerlas, cuidadosamente, para no desperdiciar el agua, fue limpiándolas una a una, y dando las a los peques, sujetarlas bien, como si fueran un plato, les dijo, y a continuación fue repartiendo , la pulpa extraída del melón.
Abuela, dijo Berta, si lo hubieses partido con una piedra, no nos habría servido,
Claro cariño, por eso hay que pensar las cosas, antes de hacerlas, para aprovechar lo que tenemos, así no pasaremos sed, les dijo
Abuela, ¡que lista eres¡ dijo Elena
No cariño, soy vieja y, rieron todos por sus palabras.
Terminado su pequeño banquete, enterraron las hojas en la tierra, pues así servirán de abono, les dijo la abuela
Con un chorrito de agua, se lavaron las manos, y se acercaron al pequeño riachuelo, que había oído la abuela sonar, que no era otra cosa, que un manantial que brotaba de las rocas, llenaron, las cantimploras y emprendieron de nuevo la marcha.
Estaban admirados, por las cosas que sabía su abuela y lo bien que se lo pasaban con ella. El sol, iba calentando cada vez más, y a pesar de ser Noviembre, sentían un calor, como si fuese agosto.
Poco a poco, fueron despojándose, de las pendas de abrigo, cargando así, más las mochilas.
Ya no veían los árboles, ni los girasoles, cada vez se acercaban más a las sierras, de las que emprendieron la marcha.
Una enorme extensión de agua, se divisaba a lo lejos, todos apretaron el paso, para llegar antes.
Tan acalorados estaban, que decidieron bañarse,
Abuela, ¿tú no te bañas?
La abuela no quería decir, que le daba miedo y, solo comentaba, mojaros un poquito, que tenemos que irnos.
De pronto, surgió una vorágine en el centro del pantano y absorbió a los cuatro niños, que asustados, se encontraron en el fondo, donde el agua, ya no los mojaba
¡la abuela¡ exclamaron al unísono ¿Qué vamos a hacer sin ella? ¿Cómo vamos a volver?
No os preocupéis, dijo Elena, Hadita la traerá
Elena, que esto es muy serio, dijo Berta, no digas más tonterías.
Elena abrió su mochila y sacó de su interior, a la bruja chillona, colocó sobre esta, la mariposa, que todo el tiempo, estuvo sobre su pelo, y…apareció de pronto un enorme pez alado, ¡trae a la abuela, le dijo y, que no toque el agua, que le da miedo.
El trino de los pájaros, y el rico olor a tortas, recién horneadas, los despertó.
Los cuatro saltaron de sus sacos de dormir, buscando a la abuela.
Abuelita abuelita, gritaron, ¿Cómo has cruzado el pantano?
Y cual no seria su asombro, cuando les respondió, con el pez alado, que me enviasteis
¡venga¡ a desayunar que tenemos muchas cosa que hacer hoy.

imagen
El conejo, las naranjas y la Señora





Mi madre era una mujer arraigada a sus raíces y cuando el destino la arrancó de ellas, no dejó nunca que la tristeza la embargase, por eso a cientos de kilómetros de su amado Baños, siempre tenía un rato para sentarse conmigo, unas veces en las rocas junto al mar, otras...al calor de la vieja estufa, sentada en su mecedora.
Recuerdo la historia de la Blanca señora, que algunas veces era un conejo hermoso de un pelaje como el armiño, cuándo tenía que ir desde el pueblo a la finca de mis abuelos, siendo ella una chiquilla, me contaba que por el camino a Bailen entre olivos, se sentaba siempre un rato a descansar, en una ocasión, se quedó adormecida junto al tronco casi carcomido de un olivo, nunca supo si lo soñó o...si ocurrió realmente.
El tronco era enorme, por uno de sus lados parecía como si quisiera renacer de nuevo y allí, justo donde las nuevas hojas empezaban a brotarle, encontró una gran bola blanca, se acercó y cual no fue su sorpresa que al intentar cogerla vio que era un conejo atrapado en una trampa.
Le soltó la pata de los hierros y con un pañuelo blanco que siempre llevaba, pues se lo había bordado su abuela, le vendó y lo dejó en el hueco del tronco.
Al día siguiente al pasar de nuevo por el viejo olivo, se acercó para ver al conejo y alimentarlo con bellotas que había cogido sin decir nada a nadie, así estuvo haciéndolo durante un tiempo corto, un día al llegar al tronco lo encontró vacío, me contaba que sintió una gran pena, pero siguió su camino hasta llegar al cortijo, ya estaba llegando el verano y entonces bajaba menos al pueblo, por lo que ya no pudo volver a comprobar si el animalito había vuelto.
Mi madre era la menor de cinco hermanos, tenía una hermana mayor, así que ella poco tenía que hacer de las labores del campo ni de la casa.
Un día uno de mis tíos, llegó al cortijo con un serón de naranjas, por lo viste como trueque de alguno de los productos que ellos cultivaban.
A ella las naranjas le encantaban, mientras hubo disfrutó todos los días de su exquisito manjar, pues eso eran para ella.
Pero...todo se acaba, aquella noche después de cenar, se salió al porche del cortijo, empedrado con chinas y cubierto por la sombra de una parra, allí sentada en un poyete de piedra y con los ojos fijos en las hermosas estrellas, pensó...que bien si mañana pudiera comerme una naranja.
A la mañana siguiente, nada más levantarse, como si una fuerza interior la empujase se dirigió al porche y cuál no seria su sorpresa , que junto a las chinas del suelo, señalando con la pata en la que todavía llevaba su pañuelo el conejo, le estaba señalando donde tenía que levantar, se agachó levantó la piedra y allí...dos hermosas naranjas la esperaban, las cogió con gustó y al levantar la cabeza y acariciar al animalito, vio la figura etérea y blanca de un hermoso ser, nunca supo definir, si era un ángel una señora o que era aquello tan hermoso que vio durante muchas mañanas hasta que cumplió catorce años, que ya no volvió a encontrar más naranjas en el porche.
Así me lo contó mi madre y así os lo cuento
El Aparecido



Contaba mi madre, que un año antes de empezar la guerra, vivía en Baños una familia compuesta de tres hijos varones y dos niñas, las llamo niñas, porque en la época en que se desarrolla ésta historia así lo eran.
Vivía esta familia el trabajo del campo y de las escapadas furtivas que el padre y los dos hijos mayores hacían a la sierra, unas veces para cazar que esto si era furtivo y otras, para hacer carbón que luego vendían en el pueblo y en los más cercanos.
Ya estábamos en el año 1936 en pleno enero, un día como tantos otros, el padre y sus dos hijos, cargados con su morral y un par de escopetas, se fueron a la sierra, tenían costumbre de si se iban a quedar más de tres días uno de ellos, baja al pueblo para recoger provisiones y avisar al resto de la familia.
Aquella vez le tocó a Juan el menor de los dos hermanos.
Pensó el padre que lo mejor sería que bajase a la caída del sol y así llegaba a casa al anocher, con lo que podría descansar reponer fuerzas y volver con el alba del día siguiente.
Y así lo hizo Juan, cargó su morral y una de las escopetas, argumentándole al padre que era posible que encontrase algo de caza que podría vender su madre, en aquellos tiempos la caza en la sierra era más abundante que ahora y al ser ya casi de noche, seguro que la pareja de Civiles estaría de regreso al pueblo.
El día siguiente a la partida de Juan, se hizo muy largo para sus seres queridos, pues él no aparecía por parte alguna, se echó la noche y tampoco.
Ya de madrugada el padre sin poder conciliar l sueño, despertó a Pedro, voy a bajar al pueblo, le dijo, si viniera Juan, os bajáis los dos por el camino de siempre, pero para estar más seguros deja la taleguilla con un pedazo de carbón atada al árbol del sombraje, éste árbol lo llamaban ellos así, por lo frondoso de sus ramas,
así sabría el padre que los hijos iban de vuelta al pueblo en el caso de cruzarse.
Al llegar a la casa, la mujer muy preocupada le preguntó, ¿como no habéis venido antes, ya estábamos asustadas por si os pasaba algo, el padre extrañado preguntó por Juan, ¿Juan? dijo la mujer no estaba con vosotros?
Volvió toda la familia a la sierra y desde allí se organizaron para buscar al hijo, pero por más que se les unió gente del pueblo y más que buscaron, al cabo de una semana dejaron de hacerlo, pues Juan no aparecía
La madre una mujer muy devota de la Virgen, se acercó a su ermita, cuando volvía al pueblo y seria más o menos por la media noche, cuándo a unos pasos de la puerta y apoyada en la vieja Encina prometió volver a esa misma hora para encenderle una vela si aparecía Juan.
El invierno dio paso a una primavera que aquel año llegó cargada de odios y resentimientos, en el mes de abril, estallaba la guerra civil.
Juan no había aparecido.
Los primeros meses de la guerra, en el pueblo todo era un trasiego de ir y venir a Linares, los muchachos jóvenes que no habían llamado, se pateaban los casi diecisiete kilómetros que separaban el pueblo, para incorporarse a la lucha, algunos de ellos con sus viejas escopetas de caza y sin más hato que un morral con una muda, una hogaza de pan y cualquier chacina que todavía quedase en la casa.
En el pueblo ya solo quedaban las mujeres y los niños, acompañados de los más viejos que por su edad no los admitieron para la lucha.
En casa de Juan, quedaron sus padres y las dos niñas, todas las mañanas maría junto con sus hijas salía muy temprano y las tres enfilaban el camino de la sierra, no sin antes pasar por la ermita de la Virgen para pedirle por el hijo perdido, sentadas junto a la vieja encina, la madre le hablaba en voz alta a la Virgen, ofreciéndole todo aquello que poseía si su hijo aparecía de nuevo.
Lo malo de todo esto es que cuándo ellas creían estar solas no era así.
El primer año de guerra pasó con menos dureza que en otros lugares del país y las esporádicas visitas de los que estaban en el frente, animaban mucho a las familias.
Aquellas navidades, María le ofreció a la virgen lo poco que tenían para comer, con el fin de que otros más necesitados lo aprovechasen, todo porque le devolviese a su hijo.
Se acercó al atrio de la iglesia y en la puerta en un viejo cebero que había tejido Juan, dejó aceite pan y un trozo de tocino, como siempre hacia y en voz alta, le suplicó a la virgen que la ayudase a encontrar al fruto de sus entrañas.
En diciembre y ya de noche cerrada en la plaza apenas se veía, al girarse para ir a su casa, oyó una voz, se paró, espero unos segundos y de nuevo la voz, María tu quieres a tu hijo y yo voy a devolvértelo, deja en mi puerta todo lo que tengas de valor, para que yo pueda alimentar con ello a los que tienen menos que tú, pero ven sola y a media noche.
Muerta de miedo, bajó la cuesta que la separaba de su casa y corrió como alma que lleva el diablo.
La noche siguiente ya día de San Esteban por lo avanzado de la hora, María estaba ante la puerta de San Mateo, con todo aquello, que por generaciones había pertenecido a su familia, se santiguó y dando gracias a la Patrona, se volvió a su casa.
Una tarde al volver de la aceituna, en la entrada del pueblo, encontró a unos soldados, que preguntaban precisamente por su familia, le dio un vuelco el corazón y temblorosa les preguntó, porque queréis saber de nosotros?, el más alto de ellos, le dijo, usted es la madre de Juan, supongo.
Las palabras no le salían de la boca se le amontonaban lagrimas y sonidos y sus manos solo conseguían que el pañuelo que intentaba colocarse bien, cada vez se deslizase más de su cabeza.
Sentados al calor del brasero, los muchachos le contaron que Juan estaba bien y que pronto vendría a verlos, aquella familia no sabia como agasajar a lo milicianos, por las buenas noticias que les habían traído de su hijo.
Ya estaban en el verano del segundo año de guerra y no habían sabido nada de Juan, hablando con la vecina una noche de las que se sentaban a tomar el fresco, María le refirió lo que le había ocurrido en navidades y que estaba segura de que la Virgen la había ayudado, mucho malo es lo que hay y mucha sinvergüencería nos rodea maría, le contestó la vecina, no digas eso mujer, porque tiene que haber maldad.
A los pocos días de esta conversación y estando ella en su cocina, oyó la voz de aquella noche en la iglesia, se acercó al portal y allí, una mano que lucia el anillo que había sido de su padre y antes de su abuelo, le entregaba una carta, Maria no quiso mirarle a la cara, cogió la carta se sacó una peseta del bolsillo se la dio no sin decirle antes, que esto le sirva a los tuyos para encenderle velas a las animas para que no te condenes..
La carta era de Juan, estaba bien, pero no podía bajar a verlos por el momento, aquellas letras la llenaron de alegría. Una mañana, estando María sola en su casa llamaron a la puerta, ¡que alegría señor! Era Juan, lo abrazó lo beso y le faltó tiempo para quitarle el capote sentarlo a la mesa y sacar todo lo que tenia en la despensa, el joven estaba igual que el último día que lo había visto, madre, tengo que irme abraza a padre y a mis hermanas, volveremos a vernos en el camino a la sierra.
Acabó la guerra, aunque las costumbres en la villa se alteraron poco, cada uno volvió a vivir, esta vez con muchas más penas acuesta y mucho dolor reprimido.
Juan no volvió al terminar la contienda.
María y sus hijas, cargaron la mula y echaron a andar, saliendo del pueblo dirección a la sierra, allí estaban su marido y sus hijos esperando que llegasen con los avios,
Al pasar por el camino a la ermita, se detuvieron para rezar una oración y dar gracias a la virgen por haber tenido la suerte al menos de abrazar por unas horas a su hijo.
Había llovido mucho y la mula por el peso que llevaba, se atascó en el barro, sin que las mujeres pudiesen hacer por sacarla, de entre unos chaparros, salió con camisa a rayas chaleco y pantalón de pana un apuesto joven que sin darles tiempo a verlo desatascó la mula, ella quiso darle las gracias y al mirarlo oyó como le decía, ya le dije madre que en el camino de la sierra nos volveríamos a ver., cuando llegue al barranco ate la mula y asómese a su derecha , diciendo esto desapareció.
En el barranco un pequeño montículo que denotaba ser una tumba y encima la escopeta y el morral de Juan, no pudo resistir el dolor y se sentó al pie de una encina, allí en una piedra a modo de mesa, el cenero viejo que ella llevó a la iglesia las joyas de su familia y una suplica, escrita en una corteza de cedro,” yo lo maté, por robarle la escopeta y te robé con malas artes, ya no puedo hacer daño a nadie, mi condena es vagar por estas sierras.
Aquella noche a las doce en punto, en la puerta de la ermita lucían tantas velas, que todo el entorno estaba iluminado. María perdonó a quien le arrebató a su hijo, por una simple escopeta



Imagen
Fortaleza Bañusca
Cada noche aquí en mis playas,
sueño en mi tierra lejana,
en sus sierras de pizarras
y en sus caminos de jaras.
Sueño con su mar de olivos,
ondeando en las mañanas
y en sus caminos abruptos
que su sierra nos regala.
En esa caza furtiva,
otros tiempos que pasaran.
Cuándo daban alimento
a mi pueblo y a su casta.
Sueño en esa fortaleza,
mora y cristiana engarzada.
Oteando el horizonte,
de aquella Castilla hermana.
Y me veo de odalisca
en sus patios reflejada.
En las jaimas…plata y bronce
Y en sus torres veo las lanzas,
dispuestas a la defensa,
de estas tierras conquistadas.
Poco le queda ya al moro,
aquel, que lucha en Granada
y por los llanos manchegos,
se oye la cabalgada,
de los armados cristianos.
¡Cruz en ristre ¡ en mano…lanza,
vienen a limpiar las tierras,
de las hordas musulmanas.
Ya avanza lenta la luna,
sobre las aguas de plata
y en mis playas se reflejan,
los ecos de la batalla.
Y por ese mar de olivos,
por el camino a Granada,
con el dolor en los rostros
y el sentimiento en el alma,
con sus lanzas y sus tules,
sus mujeres y sus jaimas,
vencido, se marcha el moro,
no sin dolor va su marcha,
que perdió su fortaleza,
perdió pueblo y perdió patria.
La que antes fuera mora
ahora es mi tierra cristiana.
Las dos Hermanas
Cuenta la leyenda, que hace muchos, muchos años, una mañana de finales de un largo invierno, dos jòvenes hermanos cristianos fueron echos prisioneros por un ejercito de aguerridos moros, acantonados en el castillo de Bury Al-Hamma.
A don Pere( el mayor de los hermanos) enzerraron en el mas oscuro de los calabazos y asu hermano don Diego dejaron en libertad para que fuera a darle la mala nueva a su padre y a su vez pidiera una importante recompensa para comprar la libertad de su hermano.
El tiempo pasaba y don Pere, en el calabozo seguia sin recibir noticia alguna de los suyos, con la unica ilusiòn de que llegara la noche, pues por la noche recibia la visita de Azucena y Jazmìn, las dos bellas hijas del alcaide Almutamid ( alcaide musulmàn que le habìa echo prisionero).
Una noche don Pere queriendo premiar la bondad de las dos jòvenes les entrego unas medallas que habìa heredado de sus abuelas con una sencilla Virgen para que las protegieran de todo mal, Alì el malvado consejero del alcaide escuchò toda la conversaciòn y partìo raudo a mentir a su amo y contarle que sus amadas hijas se habìan convertido al cristianismo, abandonando asì la fe en Àla, unico Dios reconocido por los musulmanes.
El alcaide al escuchar a su criado enloqueciò de ìra y mandò a A lì y a dos soldados que arrojaran a sus hijas al rio Herrumbrar, a la vez que las dos jovenes se sumergìan dos grandes rocas balncas emergìan a la superficie, con un brillo tan grande que al contemplarlas Alì y los soldados quedaron ciegos de inmediato, muriendo los tres despeñados entre la riscas de pizarra que bordean el rio Emrrumblar.
Paso el tiempo y el alcaide, sin poder olvidar a sus hijas, y muy arrepentido de su decisiòn se calvò una daga en el corazòn, cayendo muerto al pie del manantial de Salsipuedes, el agua se tornò roja de inmediato y asì sigue manando hoy dia...."fiel testigo de la maldad del hombre".

José María Cantarero
imagen
La leyenda de las Animas
Contaba mi abuela a mi madre, que a su vez se lo había contado la suya, que en las noches de Invierno por la cuesta la muela, iban unas mujeres andando hacia el pueblo, cuándo entre los olivos, vieron un grupo de personas encapuchadas y vestidas de negro, dejaron que llegasen al camino mientras ellas se escondían tras un olivo, agazapadas para que no las vieran.
Delante, con un farolillo en la mano, alumbraba el camino con una pequeña vela una figura alta y esbelta, solo el blanco de su rostro se distinguía de su negro atuendo, a su lado pero con una guadaña una mujer, a ésta si se le distinguía la cara como si aún fuese de este mundo, detrás acompañándoles, cinco o seis almas, que agachando el rostro iban arrastrando sus cuerpos como si estos estuviesen sujetos por cadenas, que no se distinguían, pero daban la sensación de notarse.
Cuándo las dos mujeres vieron que la comitiva se había alejado, salieron al camino y sin cambiar palabra, se dirigieron veloces al pueblo.
Aquella noche, ambas mujeres no pudieron dormir y a la mañana siguiente, decidieron contárselo a las vecinas que de común acuerdo decidieron salir de nuevo a la misma hora, por si se los encontraban.
Al bajar a las eras, una enorme bola blanca les obstaculizó el camino, una de las mujeres se acercó para saber que era y una enorme hoguera la echó para atrás. Con el miedo en el cuerpo y como si no pudieran seguir sus propios pasos volvieron al pueblo.
Aquella noche se reunierón todas al calor del brasero en casa de la que se acercó a la bola.
Cada una daba su opinión sobre lo acontecido, todo era disparatado, decían cosas que no podían tener relación con la realidad, pero aquello que les había ocurrido tan poco podían relacionarlo con nada de este mundo.
Pasaron los días y ninguna de ellas volvió a hablar del tema.
Una de las amigas que tenía un olivar muy cerca de Bailen casi en la cuesta la muela, tuvo que volver al pueblo ya entrada la noche, como le daba miedo, pidió a su hija que la acompañase, pues pensó que no yendo sola no se le aparecerían y de hacerlo, seguro no se le acercarían.
Pero no fue así, llegando ya a la entrada del pueblo antes de llegar a las huertas, encontraron en un repecho sentados sobre unas piedras a toda la comitiva, detuvieron sus pasos a escasos metros, el pavor que sentían no las dejaba avanzar, de pronto…la de la guadaña se levantó y dirigiéndose a sus acompañantes dijo; levantaos hermanos y sigamos nuestra marcha la luna se ha ocultado y por lo tanto estas almas no nos pertenecen, y como en otras ocasiones alejados del camino campo a través sin posar los pies en el suelo, se dirigieron hacía el Castillo que parece ser era su morada.
Muchos años pasaron desde aquel día, la vida había cambiado mucho para todos los habitantes de la villa y ya parecía que nadie de aquellas mujeres recordaba lo acontecido, era como si hubiesen querido borrarlo todas a la vez de sus mentes.
Por el camino de Bailén iban dos mujeres camino del pueblo una de ellas la más mayor subida a lomos de una vieja mula y la más joven, apoyándose en una vara para hacer el camino más llevadero.
No se divisaba el pueblo todavía, pero la luna llena daba la sensación de que no era de noche.
De pronto la mula se paró en seco, la joven alertada por unos toques en su espalda…se giró y cual no sería su sorpresa que vio que quien la tocaba era su madre, que minutos antes, que digo minutos un segundo hacía solo que hablaba con ella subida a la mula.
Helada se quedó la muchacha al oír de boca de su propia madre; Hoy sí que era mi hora, sigue tu camino y no te detengas hasta llegar a las huertas, allí deja la mula atada y sigue hasta la casa, la muchacha, no se si por el miedo o por obediencia a su progenitora, hizo exactamente lo que le dijo.
Al subir las eras, un repique a muerto la alertó de que otra alma había dejado este mundo.
Al llegar a su casa, las amigas de su madre la esperaban en la puerta y abrazándose a ella rezaron a las ánimas para que acompañasen el alma de la difunta.
Aquella noche en la almena gorda, las luces y las sombras se sucedieron hasta bien entrada la madrugada, cuándo ya la luna se iba retirando para dar paso al nuevo día.
Todas aquellas mujeres murieron de igual manera, excepto una que en otra ocasión os lo explicaré.

Nana Smith (Ana C Nieto)
imagen
La Encantá del Pilarejo
Vivía en ésta Villa hace ya más de un siglo, una señora de muy digna posición,
Además de todo lo material la mujer poseía una gran belleza...
Con la casa en el pueblo, tenía su familia también una casa solariega a las afueras de éste,
Donde solían pasar los veranos toda la familia y los acompañaba la servidumbre.
Sin embargo los inviernos, cuidaban el cortijo un matrimonio ya algo mayores, ellos Vivian en la casita que había al otro extremo de la huerta que circundaba la mansión, pero no por ello alejados de la vista de todo aquel que visitase a la familia o intentase entrar en ausencia de ésta..
Había casado la dama con joven caballero de alta alcurnia de Baeza,
En aquella época, solían los caballeros prestar servicios al rey, unas veces en la corte y otras en las cruzadas.
Marchó el esposo de Dª María, que así se llamaba la dama, a luchar contra el infiel.
Sola y al abrigo de cualquier tentación, la señora, se enamoró de un apuesto joven, nada que ver con el entorno que la envolvía, éste era un joven molinero.
Como su casa siempre estaba llena de servidumbre y alguna que otra visita que recibía de Baeza, optó por tener los encuentros con su amado en el viejo molino junto al río.
Al principio sus visitas eran algo esporádicas y en ocasiones a plena luz del día, pero la cosa se complicaba y he ahí, que ambos amantes tuvieron que agudizar el ingenio.
Vistiese María con túnica blanca y negra capa con capucha y a lomos de un hermoso corcel negro, cruzaba todas las noches el camino, que separaba su casa del molino, pasando por el viejo pilar o como se le conocía, el pilarejo.

Al pilar, bajaban las mujeres del pueblo a lavar la ropa, se juntaban las mozas y aprovechaban a la vez de lavar, de poder hablar de sus cosas.
Era ya atardecido cuándo las mozas, recogiendo sus cestos con la colada lista, emprendieron el camino del pueblo.
No habría avanzado unos metros, cuándo Agustina tropezó con Juan, un muchacho que la rondaba, las amigas al ver que no quedaba sola continuaron su camino.
Se quedó la pareja haciéndose arrumacos y se les echó la noche encima, de pronto el trote de un caballo los volvió a la realidad y por miedo a que fuese su padre que volvía a buscarla, Agustina y Juan se escondieron entre la maleza.
Aquello les impresionó, pero volvieron al pueblo sin comentar nada a nadie
Juan indagó en los días siguientes, si había alguna hacienda o algo que hiciese que cabalgase un jinete a aquellas horas de la noche, pero no halló respuestas...
Decidieron ambos jóvenes, con la ayuda del padre de Agustina, de apostar algunas noches cerca del pilar, por si descubrían el misterio.
Sentados entre los arbustos y ya muy entrada la noche, los alertó el relincho de un caballo, Agustina se acercó al pilarejo pues allí la luna parecía que alumbraba más y podría ver al enigmático jinete.
Algo asustó al animal estando ya a la altura de la joven, se encabritó y al posar las patas de nuevo en el suelo, lo hizo con tan mala fortuna, que dejó a la joven tendida en el suelo sin vida.
Dª María no tuvo por más, que detenerse, bajó del caballo y ofreciendo una bolsa de oro al padre y al novio de la joven, les pidió que se silenciase, la desafortunada muerte.
El hambre y la miseria que por entonces había, les hicieron aceptar el oro y el padre volvió a su casa, contando a su mujer que su hija, había decidido irse con Juan.
La madre lloró amargamente la marcha de su hija, más que por otra cosa, porque ni siquiera se había dignado decírselo a ella.
Juan desapareció del pueblo, así que nadie pensó que no se habían ido juntos.
Una noche al llegar al pilar, la dama sintió sed y se bajó del caballo para saciarla,
¡cuál no sería su sorpresa al ver que reflejada en sus aguas, se veía la cara de Agustina, que no era otra que su hermana menor, que ella no pudo distinguir que estaba en pie detrás de ella, por la oscuridad de la noche, María horrorizada intentó abalanzándoos en el agua, tocar aquel rostro, tanto insistió que acabó cayendo dentro mientras gritaba,¡yo no quería matarte!
La hermana volvió al pueblo y contó lo ocurrido en su casa, el padre envuelto en lágrimas y sollozos, contó la verdad.
Bajó la madre al pilarejo a la noche siguiente y asomándose a sus aguas, quedo para que no la oyese más que la muerta, dijo; tu vil dinero enterró a mi hija y quisiste sacarla, este será tu purgatorio nadie mejor que tú podrá sacarte de él.
Por eso contaban las madres a sus hijas, que si eran malas, y pasaban por el pilar, la encantá las cogería para salirse ella.
Nana Smith (Ana C Nieto)
imagen
La Leyenda de la Virgen de la Encina
Cuentan las lenguas, que de pueblo en pueblo van;
que hubo una vez en un recóndito lugar, una vieja cabaña rodeada de sierra y monte.
Allí en aquel hermoso paraje, en las estribaciones de sierra morena donde, la fauna y la flora se conjugaban en bellísima armonía, formando la celestial música de su silencio, vivía un humilde pastor.
Su único sustento, su rebaño y todo aquello que le brindaba el mundo en que vivía.
Nada necesitaba, leche y queso, lo obtenía de sus cabras, la caza era abundante en aquellos parajes y las bayas y frutos silvestres abundaban.
Solo en ocasiones visitaba el pueblo, lo hacía siempre que tenía que vender su ganado y aprovechaba para surtirse, de lo que la sierra no le daba, que a la postre, no era mucho.
En sus cortos viajes al pueblo, una mañana le sorprendió una fuerte tormenta, pocos lugares había en aquellos derredores, donde guarecerse,
y nuestro pastor, siguió camino soportando el fuerte aguacero.
Unas pocas millas había caminado, cuándo sus ojos divisaron a lo lejos, una luz mortecina, que seguro debido a la fuerza del viento, se hacia intermitente por momentos.
Aligeró el paso tanto como pudo, pues sus pies se quedaban presos en el barrizal que la intensa lluvia iba formando.
Parecía que no avanzaba, pues la luz permanecía cada vez más lejos, en esto tropezó el pastor ante una tremenda roca, y decidió detenerse, podría así guarecerse de aquel temporal y reponer fuerzas, dejó caer el morral sobre unos abrojos que brotaban al pie de la roca y dejó caer su cansado cuerpo.
Por unos momentos, pareció quedarse dormido, seguro debido al cansancio de caminar por aquellas sierras, bajo la tormenta.
Unos rayos de sol brillantes que arropaban una hermosa luz blanca, lo sacaron de su letargo, abriendo los ojos intentó incorporarse, el suelo estaba seco y ante él...se abría una estrecha vereda, caminó siempre hacía aquella luz, que el astro sol le proporcionaba
Llegó a una planicie, bellos olivares la poblaban, formando un inmenso y verdoso mar, ondeando sus ramas.
Estaba ante una frondosa encina en mitad de aquella grandeza.
Como guiado por una fuerza invisible, nuestro pastor introdujo su mano en el tronco de aquel imponente árbol, en un hueco de éste, halló algo que al tacto, hizo que todo su cuerpo se estremeciese y cállese postrado ante tanta inmensidad.
De nuevo los rayos del sol lo acompañaban, ésta vez, rodeando la vieja encina y en su centro...la blanca luz que millas antes había visto, se transformó en una esbelta y hermosa figura femenina.
La Virgen, que no era otra aquella mujer, posó sus manos sobre la cabeza del pastor, y bendiciéndolo, le dijo; ve al pueblo y porta contigo estas bellotas, que no eran otras que el fruto de la encina elegida, repártelas entre sus gentes ellos sabrán que aquí los espero.
Aguardó el pastor extasiado unos instantes por aquella visión, y cuándo pudo articular palabra, respondió; ¡gracias madre! cumpliré tu encargo y desde este momento, Tú serás la Madre de mí pueblo, ¡Santa Madre de la Encina¡
Marchó el pastor al pueblo y contó la buena nueva, las gentes asombradas, corrieron al paraje donde según nuestro pastor había visto a la Virgen, cuál no sería su sorpresa, al ver que allí al pie de aquella encina brotaba aceite de su tronco.
La avaricia hizo que alguien comprase aquellos terrenos, es de suponer que para explotar la encina, pero ésta dejó de manar el preciado liquido.



Y...así fue o...así me lo contó mi madre, como la Virgen llegó a nuestro pueblo y...se quedó por siempre.
Aqui podeis dejar todas aquellas historias o leyendas, que conozcais del pueblo, o que tengan alguna relación con el