Mis Recuerdos...Mis raices
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Mis Recuerdos...Mis raices
Un Regalo Envenenado


Lo vi. encima de la mesa cuándo llegué, estaba en una bolsa de plástico de las que dan en el "súper", Jordi me dijo, te lo ha traído Juan, dice que se lo ha dado Jaime para ti.Lo miré de reojo y seguí hacía la cocina, me has oído, me preguntó, sí, claro que te he oído, pero tengo cosas que hacer, siempre igual, murmullo, ¿que dices? le contesté con rabia.nada hija nada, que cuándo te pones así, dan ganas de marcharse, ¿a dónde?, le pregunté.al infierno, si hiciera falta, porque mira que te gusta mortificar te, Jordi tenía razón, pero yo no podía evitarlo, parecía que necesitaba revivir el pasado, de lo contrario no era capaz de seguir adelante.
Jordi, desde mis diecisiete años, fue mi paño de lágrimas, estuvo ahí siempre, aún cuándo no entendía, que me emperrase en recordar un pasado, que ya debería estar muerto y enterrado.
Él no entendía, que era inevitable y así se lo decía.
Sí Nuria, si yo lo entiendo, pero no se puede estar siempre recordando, lo que pasó, ya no vuelve, es inútil que te amargues, no me amargo Jordi, solo que..., solo que te gusta ahondar en la herida, no cariño, no es eso¿que es entonces Nuri?, no se, pero...ésta vuelta... no se si ha sido acertada, todo y todos, parecen rodearme, parece...como si el pasado estuviera ahí, a cada paso que doy, recordándome, afilando con saña su recuerdo.
Después de comer, sin preocuparme de nada más, me fui al salón, abrí ávida el paquete, como si no supiera de que se trataba, busqué mis gafas, las negras de ver, como yo les llamaba y recostada en el sofá, bajo la ventana, aprovechando los cálidos rayos de sol, que después de un aguado invierno, parecía que habían venido para quedarse, (no estaba yo muy segura de eso) lo abrí y empecé a leer.
Mi preocupación, no tenía razón de ser, sabía perfectamente lo que me iba a encontrar, aún así...seguí leyendo.
No esperaba encontrármelo tan pronto, no necesité averiguar mucho, para reconocer sus frases, sus...capitulaciones como yo les llamaba, un frío seco me recorrió por dentro, la cara me ardía, apoyé el libro sobre mis piernas, e intenté secarme las manos, no quería que se estropease, Jaime me lo dejó, sin haberlo leído y no veía bien, devolverlo manoseado, me acordé de Jordi, siempre que decía algo así, contestaba, para que no se manosee, no se toca y, mi respuesta, ya listo, entonces como lo leo.
Reanudé mi lectura, el frío dio paso a un calor intenso, a una rabia contenida, solté el maldito libro (esta vez no me preocupé de estropearlo) volví al comedor, Jordi liaba sus cigarrillos, no articulé palabra, pero él sabía que estaba furiosa, ¿que te pasa ahora? me preguntó, sin levantar las manos de la maquinita, me va a estallar la cabeza, respondí, ¡no puedo más¡ como pudo ser tan malo¡
Como si no lo hubieras conocido , siempre te lo he dicho,, el pasado enterrado y bien tapado.Jordi, no tenía derecho a hacernos lo que nos hizo, y lo peor...que nos amargó la vida y nunca fue capaz de ser feliz, hay cosas que nunca se las podré perdonar.
Jordi;__ si yo aquellas Navidades hubiese estado aquí... qué, le contesté, que las cosas serían de otra forma Nuri, ¿no me habrías dejado ir? le pregunté, sí, claro que habrías ido, pero solo eso, era mi deber y además sabes que...no lo hice por obligación, no sabes lo mal que lo pasé, no se lo que contaría cuándo nos vinimos, pero...todo el cariño que había tenido en otro tiempo, parecía que se había esfumado, solo la "nina" me dio cariño, como siempre, ¡siempre fui su "petitona"¡
Y el viaje...¡Dios¡ no te imaginas, en dos ocasiones estuve a punto de bajarme del tren y pedir una ambulancia, cuándo llegamos aquí, el médico lo reconoció, no se podía creer lo que le contaba, Nuria, no está bien me dijo, pero no puedo creer, que te haya hecho pasar esa amargura que me cuentas, claro que...me lo creo, solo hay que verlo y oírlo, ¡paciencia¡ ya es lo que te queda.
Nunca pensé en volver a mis raíces, creía que ya no me quedaba más que el recuerdo, el ropón de mi abuelo, aquel tren de madera y el papelón de caramelos del bodegón, que me compró mi prima, para el viaje, pero...la vida, es caprichosa y cuándo más seguro estás de algo, te gira la cara y a empezar de nuevo.
Ésta vez si lo tenía planeado, pero algo me hizo retroceder, sabía que tenía que cambiar y podía haber elegido cualquier lugar o mejor cualquier provincia, porque sí fue un lugar cualquiera, pero no podía ser cualquier provincia, tenía que ser ésta.
El dichoso papeleo, tuvo la culpa, llevábamos un tiempo en la sierra del pozo, el lugar era precioso, el ambiente del pueblo acogedor, aunque muy frío, debido a sus acuíferos.
Me integré, ¡mi primera Semana Santa en mi tierra¡ aunque...mi tierra no era, elegí un lugar, pensando que seria lo mismo, no, no era lo mismo.
El autobús salía a las seis de la mañana, tenía un largo tramo hasta llegar a la Hera baja, donde paraba, aquella noche no dormí, a las cinco ya estaba vestida y con el bolso preparado.
Tuve que coger dos autobuses para llegar al enlace con mi destino, eran casi las diez de la mañana, no había enlace hasta las doce, estaba nerviosa, parecía que todo el mundo me miraba, no sabía donde fijar la vista.
Las doce, ¡por fin¡, ese es el autobús, me indicó el señor de la taquilla, muy amable gracias, llevaba el billete en la mano, no sabía si tenía que dárselo al chofer, la agente, me miraba, nadie me dijo nada, pero no dejaban de "hacerme la foto" una vez sentada... el cuchicheo, esta no es del pueblo, yo no la conozco, creo que no pararon hasta llegar a destino, yo me ensimismé, mirando a través de la ventanilla, ¡que cambio¡, el color del cielo, los campos de olivos, que aquí ,sí parecía un mar verde y plateado, como yo los recordaba.
Mis ojos se bañaron de aquel paisaje, mi pecho, respiraba aquel aire, a pesar de estar dentro del coche, estaba segura que lo respiraba.
Llegamos al cruce, en un otero, majestuoso, ahora más que nunca, sentía mi pueblo, a mi izquierda el Castillo, solemne ondeando sus banderas, me saludaba, giraba la cabeza para empaparme de aquella vista, para mí en aquel momento, ¡Celestial¡
No sabia que tenía dos paradas, y me bajé en la primera que paró, ante mí, aquellas majestuosas sierras, el mercado, ¡cuantos recuerdos¡ el Hotel, la cuesta que llevaba hasta correos, el espejo, aquel que tantas veces, nos sirvió a Jordi y a mí, para discutir, ¡que pites¡ que no Nuri,¿no ves el espejo?, ay que cateta, y tú…de capital pero también cateto, eran peleas, sin importancia, tonterías, ante mí, la plaza, con la Iglesia y a un lado el Ayuntamiento, ahora sí, ahora el aire de mi tierra, entraba en mis pulmones, como queriendo acapararlo, para llevármelo conmigo.
Aquel día sería el primero, de mi andadura, por una tierra que me vio nacer, en la que sufrí el dolor y el desagravio y en la que también encontré el calor de los míos, lo habían guardado tantos años, que ahora me lo daban sin merecérmelo, a manos llenas
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Vuelta al pasado
Eran vagos recuerdos los que venían a mi mente, sueños de niña, nostalgias de un recuerdo que había quedado grabado en aquellas infantiles pupilas y que ahora empezaban a pasar como una película de súper 8, sí, aquellas viejas cintas que dormían en el desván cubiertas de polvo y añoranza. A través del cristal se dibujaba ante mis ojos, la grandeza sublime de aquella majestuosa tierra, el verdor plateado de su océano de olivos contrastando con el negro brillante al sol, de la pizarra de sus sierras y la jara y adelfa, veri cueteando hasta el fondo del mal llamado valle, donde el espejo transparente y cristalino de las aguas daban forma al pantano, que a su vez, era el cancerbero del pasado de aquella legendaria tierra.
Sentada en el asiento delantero de mi viejo “mercedes” cada uno bautiza su coche como le gusta y con la mirada al frente intentando no perder detalle de todo lo que iba pasando ante mis ojos, recordaba mis subidas y bajadas por aquellos empinados riscos, acercándome a las adelfas del camino y oyendo la voz de los mayores diciéndome, no cortes las flores son venenosas,¿Cómo podían ser venenosas? eran ¡tan hermosas¡, al menos para mí lo eran, quizá porque en mis largos paseos hasta el agua, no había encontrado otras, o quizá, por el rosa intenso de sus pétalos.
Recordaba mi pueblo encaramado en un montículo y me veía de niña al pie del viejo pozo, que paradojas de la vida, se llama “pozo nuevo” atrás quedaban los álamos del camino, hoy desaparecidos y… la vieja vereda hacia la ermita y el cementerio, la ermita…recordar solo su nombre, era como volver de nuevo a ser niña.
Junto al pozo, un pilar que servía de abrevadero a la vuelta de la dura jornada diaria
y ante mí, la carretera que accedía a mi querida Villa. Una vieja herrería era el muro divisorio de las dos entradas, a la izquierda, la vieja carretera que solo avanzando unos metros, llegabas a las escalinatas del paseo, nunca supe come se llamaba, para mí era el acceso a la “pava”, el viejo coche de línea, que todas las mañanas recorría el camino de álamos y olivares hasta llegar al cruce, donde para mí, empezaba la agobiante civilización. Y no es que mi pueblo no estuviese civilizado, en aquella etapa de mi vida, civilización significaba, bullicio aglomeración, gente y falta de aire para respirar, por eso era tan feliz en mis cortas estancias en lo que para mí era mi paraíso particular, mi pueblo.
Catorce años tenía en mis últimas vacaciones, ya no volvería, hasta varios años después, pero esa etapa prefiero dejarla dormida en el desván de mis recuerdos, abrigada con la vieja capa de unos sueños rotos.
Había llegado a la plazuela, allí, me detuve para dejar paso a los coches que bajaban de la plaza, el paso es estrecho.
Ya en la plaza dejé mi viejo mercedes aparcado y salí de él para respirar aquel aire que todavía permanecía en mis recuerdos.
La plaza seguía siendo a pesar de sus cambios, la misma de siempre, la imponente Iglesia, la fachada de piedra de su ayuntamiento sus casas señoriales y allí como resaltando en un cielo solo hecho para ella, la almena del castillo.
Por un momento y sin moverme del atrio de la Iglesia, subí la cuesta de Santa María,
y me vi. como un granito de arena ante la inmensidad de aquella fortaleza.
Abrí los ojos para volver a la realidad y volví a mi viejo coche.
Enfilaba la calle despacio, queriendo reconocer todos aquellos viejos caserones y aquellas piedras, que tanta importancia tenían en mí.

Todo seguía igual y sin embargo todo era distinto, las casas continuaban en los mismos lugares, pero con grandes cambios, fachadas que yo recordaba blancas, eran ahora de hermosa piedra, dándoles un aire más señorial y a la vez austero.
Antes de seguir la calle que desembocaba ante la misma Cruz de las Azucenas, me detuve, tras de mí seguía impertérrita la vieja fuente, cuantos remojones me había dado,
era mi pasión mojarme y salpicar a mis amigos con el chorro mientras aplastaba la mano en su caño para que el agua se repartiera y cuantas veces me caía la regañina, niña, que el agua no se esturrea, pero yo esperaba que se escondiera en su casa quien me llamaba la atención y volvía de nuevo a las andadas.

Decidí aparcar mi coche y seguir a pie la distancia que me separaba de la ermita.
Era majestuoso lo que había ante mis ojos, era exactamente como la película que guardaba en mi memoria.
Caía el sol con fuerza sobre las casi escondidas piedras del atrio de la ermita, pequeñas briznas de hierba pisoteada intentaban abrirse camino entre ellas.
Delante mismo, se abría un corto pero hermoso paseo, en el centro de la amplia calle, que yo recordaba de casas de una sola planta, en las que el sol resaltaba sus rayos sobre la cal de sus paredes, todo había cambiado, al fondo el viejo edificio del matadero,
me llamó la curiosidad saber si todavía, se ejercía actividad en él.
Giré mis pasos , esta vez dándole la espalda a la pequeña y coqueta avenida cubierta de rosales y pequeños setos, que de seguro, harían las delicias en las noches de estío a todos sus paseantes.
Todo era diferente a como yo lo recordaba, el pueblo había crecido, las viejas y destartaladas casas, se habían convertido en otras más grandes, el progreso había llegado también a aquel añorado rincón de Sierra Morena.
Los mayores cara al sol, me miraban con extrañeza, nadie me conocía, pero algo sí, les decía en su interior que yo no era una turista más de las que se veían por el pueblo.
Quería quedarme allí un rato y recordar, pero no se porque sentí miedo, miedo a…no sabía a que, quizá a mis recuerdos, o tal vez a encontrarme con un pasado al que mi yo interno quería volver, pero mi presente, se obstinaba en olvidarlo.
Absorta en estos pensamientos no advertí la presencia de aquella mujer, que con una dulzura que me resultaba familiar, me preguntó, ¿te gustaría entrar a la ermita?, sin esperar mi respuesta continuó, ¿ves aquella puerta?, llama, las monjas te la enseñarán.
no se si llegué a llamar a la puerta y tampoco recuerdo que nadie me abriese, pero…estaba allí, en la entrada, al fondo, la mayor maravilla que en todos mis muchos años había contemplado, ¡el Camarín! sus diminutas figuras se reflejaban esplendorosamente en los no mayores espejitos que lo poblaban, se decía, que a quien lo hizo le habían sacado los ojos cuándo lo terminó, para que no repitiese tan bella obra en otro lugar. A un lado y a otro relucientes y recién rescatados
del polvo del tiempo, lucían esplendorosos los lienzos, que de niña tanto me impresionaran.
Ávida, busqué, pero no lo encontraba, de nuevo sonó en mis oídos la voz dulce y arrulladora de aquella mujer,
Ahí está, ¿lo ves?
Sí, claro que lo veía, pero… ¿Qué había pasado?, “Ella”, la Encantá, no estaba, su figura desgarradora. con los pelos encrespados y su mirada de ultratumba, mostraba la de un hombre, no por eso menos enigmática.
Ven, siéntate, me dijo dulcemente, te ayudaré a recordar
En aquel momento un frío intenso recorrió mi cuerpo, en sus verdes ojos, cuál espejos al pasado, estaba yo, la niña de negros y largos tirabuzones, cogida de su mano y escuchando atenta la vieja historia, que no se si otras madres la contaban a sus hijas, pero a mí, me la contó la mía aquel último verano, a partir de entonces, ya no volvería a disfrutar de sus paseos ni de las bellísimas historias que me contaba, cuándo juntas volvíamos a nuestras raíces.
Mi querida niña, no debí contarte la leyenda de aquella forma, se que solo te producía miedo y terror, pero eso, lo se ahora, por eso estoy aquí, para contártela tal y como siempre se ha conocido, casi todos la creen leyenda, yo puedo asegurarte que no lo es.
Habíamos dejado atrás la ermita y a los viejos tostándose al sol, el paseo había desaparecido y las puertas del viejo matadero estaban abiertas, dando muestras de que dentro había actividad...
frente a nosotras, el negror de la pizarra de aquella sierra, las viejas encinas, las subidas y bajadas de sus montes abrían el camino en el profundo barranco.
Desde el pozo Luzonas, el camino se abría entre riscos de pizarra y matojos, jara y tomillos desprendían su aroma, que iba impregnando en el ambiente,
A medida que avanzábamos ambas silenciosas, un halo de paz y seguridad me invadía el alma y a la vez sentía el miedo que de niña me producía caminar por aquel lugar. Atrás quedaba el altozano dejando solo al descubierto de la mirada los rojos tejados de las casas.
los arroyuelos que serpenteaban en el barranco, daban vida a aquella majestuosa naturaleza.
Me vi. reflejada en sus limpias aguas, transparentes, como espejos límpidos y relucientes que iban mostrando por momentos imágenes de mi vida, todos los momentos felices y amargos, se fueron reflejando en aquel pilar, el mismo que según la leyenda, contaba que en sus aguas reposaba la Encantá a la espera de que cualquier alma se asomase, para cambiarse por ella.
Bajé de la piedra en que me había subido para llegar al borde del pilarejo y mirando a la mujer, le pregunté; ¿Por qué no me ha cogido la encantá?, no decías que los que pasaban por aquí y se asomaban se quedaban dentro hasta que pasara otro y se cambiaran?
Sonreía, sus grandes y verdes ojos me miraban con un candor especial, pero que para mí, no era extraño.
Mi querida niña, esto no es más que la ventana a tus obras, es…como un libro en el que se han ido escribiendo todos tus pasos, si tu alma ha sido noble, las aguas del pilar serán claras, aquellos que temían tanto pasar por aquí, era por su mala conciencia,
nunca tengas miedo a nada, si siembras esperanzas recogerás alegrías, si siembras vientos…recogerás tempestades.
El ruido del agua golpeando un papel y el olor de tierra mojado me trajo de nuevo al presente.
El autobús acababa de aparecer, por la curva que llegaba desde la carretera de la llaná


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Tu casa...Rincón Romántico
Vaga nostalgia se ofrece a los ojos del alba, vagos recuerdos, ansiando permanecer por siempre entre sus muros,
Piedra que si hablase, contaría deseos contenidos, amores perdidos en el aire, de sus precarios días.
Sabor de ayer, saciando el hambre de mañana y procurando bienestar, a un presente ya sin dudas ni halagos.
Mas...con el espíritu presente en la atmósfera dulce. , de sus recónditos pasados.
Patios en cementados de alegrías, pozo perdido en el recuerdo, olor a retama y a olivo consumido, por el intenso rumiar.
El calor de la leche recién ordeñada, y el zumbido leve, de la garrota en los cristales, cuando apenas amanecía.
Cansino caminar de mulos, por el centro empedrado, y el miedo al hueco, que escondía a Juan de las Ganchas.
El lebrillo lleno, con el agua recién sacada, del profundo y temeroso pozo, y la silla de enea en el último portal, junto a la minúscula mesa de madera, que soportaba la botella y el vaso, esperando a consumirse, después de la postura.
Has lavado tu cara, pero a mis ojos, solo llega la visión de tu figura enjuta, lavándose en el patio.
Pelo negro opaco, cubriendo tu cráneo y dejando vislumbrar un rostro de oscura tez, raída por el sol de tantos veranos,
tus inquietas manos, sujetando la balda de madera, que acabado el día, colocarás, atravesando las dos enormes hojas de madera.
En sendas mecedoras, ante los leños ardiendo en el hogar, uno frente al otro, repasareis en silencio, el tiempo que os tocó vivir y sin embargo lo vivieron otros.

Empinada cuesta, entre agridulce sentimiento, recuerdos de un ayer lejano en el presente, y latente en la memoria.
Figuras esbeltas, varoniles, se dibujaban sobre el empedrado y pendiente camino, el que conduce al viejo pozo, que se cobija a la sombra del verde-plata mar de olivos.
Te recuerdo, apoyado en tu garrota, con un porte elegante, disimulando con gallardía las secuelas de una entupida contienda.
Sabía de ti, por las palabras dulces escuchadas en mi infancia, en las lúgubres tardes de invierno, cuando el sol, intentando su marcha, acariciaba suaves los cristales, de la ventana del pasillo, por las ráfagas de tiempo, robadas a mis juegos, que empleaba para amasarme, con los tuyos, por aquel pan, con aceite y azúcar, que aún y siendo del mismo horno y del mismo molino, me sabía diferente al que tenla a diario.
Por aquellos cortos espacios de tiempo, que me sentaba en tu grada, esperando a mis primas, para jugar con ellas.
Cuando la figura, como una muñeca de porcelana de mi tía, aparecía con la merienda diciéndome; esto es la merendica, y vete ya, no vayan a regañarte, o, las veces que me preguntaba, con aquel acento que para mí era familiar; ¿sabe la tita que estás aquí?, entonces, con el pan en las manos y goteándome el aceite hasta los codos, corría calle arriba, con la esperanza de que los mulos, estuvieran en la puerta y así librarme, de la regañina.
Pocas veces os vi juntos, pero os gravé a fuego en mi mente y puedo veros siempre que hurgo, en el desván de mis sueños rotos.
La casa, construida piedra a piedra, traídas a lomos de bestias, por la cuesta la muela.
Piedras que guardan la esencia de mis antepasados, que esconden las lluvias y granizos, y el roce de las ramas de olivo, recién cortadas.
Aquellas viejas piedras, que guarecieron del agua, del sol y del frío, a casi tres generaciones, las mismas, que daban sombra, al empedrado suelo, del que se alzaba ufana la parra, y en el que a tantos polluelos, senté para comer, porque...dice mi mama, que se come sentado.
Dulces y a la vez, dolorosos recuerdos, tristeza y desamor en los sentidos, de aquella niña, que aun permanece en el espacio-tiempo, que ellos ocupan.

Mi pueblo



¡Ay los luceros el alba!
¡ay la sonrisa moruna!
¡ay tus casas encaladas
subidas sobre las dunas,
que forma el monte a lo alto
y a lo ancho de mi cuna!

Cuna de Fernando el Santo,
o al menos, queda la duda.
Cuna de tantos amores,
revueltos con la aceituna,
que tus troncos milenarios,
cubren de verde amargura.

Tierra de encinas agrestes,
de monte y pasto de altura.
Tierra de fauna salvaje,
de caza furtiva y dura
y la tierra de mi madre,
de mi abuela de mi cuna.

Tierra bañusca solemne,
mi tierra no cabe duda.
¡Ay de mi inmenso olivar!
mi verde verde aceituna
y mi encinar plateado
bajo la luz de la luna
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Sin Tierra
Yo, que soy de tierra de nadie,
andaluza paria y...catalana lecta.
Yo, que ni un cacho me queda ya de sierra,
pa poder disfrutarla cuando...
ande a tres patas por mi última senda.

Yo, que escribo, en papel de servilletas
ó...en la funda de tela del capacho,
cuando la inspiración despierta.
Yo, que he corrido medio mundo
con la nostalgia a cuestas.

Yo, que no dejo más herencia,
que el amor a mi tierra.
Yo soy, andaluza que se jacta
de amar el sol del sur y amar...
las catalanas sierras.

De enarbolar con orgullo verde y blanco,
el enjuto sudor de las miserias
y sentir que se destripa a cada paso,
la tierra del olivo, que me hiciera soñar
un día ante su sombra, reflejada en la mar
de mi otra tierra.

Y en la arena suave de sus playas,
con el mismo orgullo que naciera...
ondeo ante sus aguas...verde, blancas,
de sangre y oro...mi senyera.
Un Pueblo, Un Sueño



Camino adelante entre verde olivar,
y en lo alto del cerro…
el pinar y la cuesta empinada,
que baja al pantano,
pizarra y guijarros que tocan mis manos.
Y andando la senda sin formas marcadas,
Toco el agua ,
Embalsada en un valle, que antaño
Albergó en sus entrañas la plata y el plomo.
A lomos de mis pensamientos,
Me agarro a la cola del viento,
Para en un firmamento de estrellas y luna,
Ver la cuna, que dio a mis ancestros la vida.
Y de nuevo, pisando sus calles,
los detalles,
Blasones, sus balcones copados de flores,
los viejos amores escondidos,
en las sombras de rejas antiguas.
Y llego a la plaza, bajando tranquila
antiguas callejas de piedra,
que empiezan y acaban en cuesta.
De nuevo, sus sombras erguidas,
las copas caídas del peso del fruto.
Y a lo lejos…severo y enjuto,
diminuto por la lejanía…
mi pueblo, que día por día,
se dibuja ante mi presente,
profundo y latente,
sigue dándole sombra a mi vida.

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